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jueves, 19 de enero de 2012

ESTILO Y MENTALIDAD


por Carlos Martín Rio

Cuando un hecho excepcional se repite con frecuencia en un espacio de tiempo relativamente corto, puede perder parte de su encanto. El misterio, el suspense y la expectación que pudieron haberlo rodeado un día corren riesgo de desaparecer. Ante los sucesos pocos habituales, la decepción es una reacción natural que pone freno a la imaginación exacerbada. En cambio, cuando la decepción se instala en lo cotidiano, crea una sensación de amargura muchos nunca acaban de superar. Por suerte, otra vez más, y ya van unas cuantas en menos de un año, un clásico entre clásicos, el Barça-Real Madrid, no decepcionó.

Con el recuerdo del último partido de liga todavía vivo –la sensación de déjà vu era general cuando los jugadores saltaron al campo-, la enésima partida de ajedrez entre Mourinho y Guardiola, la primera de 2012, la de Copa, se empezó a jugar en las pizarras. El portugués volvió a la fórmula del éxito del curso pasado, la que paró los pies a los culés en la final de Copa de Valencia. Con la premisa ofensiva de correr y con un centro del campo cargado de músculo, el nombre propio en el once blanco, más allá del poderoso Cristiano, del cerebral Xabi Alonso o del salvador Casillas, fue el de Pepe. El central volvió al centro del campo, un territorio en el que triunfa si el objetivo es el acoso, la brega, y la pelea –términos que, en este caso, no hay que tomarse en sentido figurado-. Y así el Real dejó de ser el equipo en progresión que ha resuelto con brillantez algunos de sus partidos de liga para volver a mostrarse voluntariamente menor que su gran rival. 

El Bernabéu se creció con el gol de Cristiano. El Barça sabía que la tormenta es inevitable en los primeros minutos, y supo resguardarse mejor que en el choque liguero de unas semanas atrás, pero de la nada el portugués sacó un disparo centrado que sorprendió a un Pinto quizás demasiado frío. El gol, paradojas del fútbol, no hizo bien al Madrid, que se conformó con confiar en un nuevo robo en el centro del campo para buscar el segundo y se fue echando atrás. Cuando se erigió la figura de un enorme Busquets y los catalanes dejaron de sufrir en la construcción, la eliminatoria empezó a volverse azulgrana. 

El grado de dominio visitante se pudo ir midiendo con el crecimiento del nivel de desesperación de hombres como Xabi Alonso, un jugador con clase capaz de sacrificarse, pero que lo pasa mal al verse persiguiendo sombras. No pudo contar a su lado con la colaboración de Pepe, que, con una pésima actuación, quizás nos libró de volverlo a ver otra vez merodeando por un centro del campo. 

El Madrid regaló así la pelota al Barcelona, que dominó y dominó, tocó y tocó, y volvió a dar un ejemplo de calma, paciencia y sangre fría. Guardiola y sus jugadores se superan ya no tanto porque su estilo se vaya depurando partido a partido. Los blaugranas, en encuentros clave como el de ayer, demuestran de sobras que lo suyo no es sólo brillantez y superioridad en términos puramente futbolísticos, técnicos. A nivel mental, también crecen. Un asesino que se sabe superior, que te lleva a su terreno sin que te des cuenta, que sabe desde el principio que te va a acabar matando. Confianza. Las triangulaciones en el área propia, las paredes en campo propio o ver a los porteros actuando como libres no son simples frivolidades. Son señales de identidad  de un equipo que vive, triunfa y algún día morirá siendo fiel a un estilo. Sigue siendo esa la diferencia más evidente hoy en día entre barcelonistas y madridistas, más allá de títulos o resultados pasajeros. 

jueves, 15 de diciembre de 2011

CRÓNICAS DEL SOL NACIENTE: EL VERDE ES BLAUGRANA



por Carlos Martín Rio

El Barça tenía ante sí al campeón asiático, el Al-Sadd qatarí. Era Yokohama, un escenario excepcional, pero las sensaciones no eran del todo desconocidas: los blaugranas tenían mucho que perder. La superioridad que se le supone, la corona que todos coinciden en colocarle –incluso algunos que lo destronaban  minutos antes de que pasara como un tren por el Bernabéu- puede pesar cuando lo único que se espera de ti es ganar sin despeinarte. Es el gran desafío para un técnico como Guardiola, que además de atesorar decenas de méritos deportivos, tiene la virtud de motivar día tras día a sus futbolistas, bajarlos a la tierra y exigirles un rendimiento altísimo en cada encuentro, sea cual sea el rival –el archiconocido “no hay que confiarse”, el célebre “lo que cuenta es el siguiente partido-.

Los qataríes no sorprendieron. Su filosofía, la del uruguayo Jorge Fossati, es visiblemente conservadora. Y lo sería más contra el equipo que tiene el monopolio del balón mundial. El vigente dominador del fútbol asiático, que en la última Champions del continente se deshizo en la final del Jeonbuk coreano, se plantó al borde de su propia área para regalar el esférico y gran parte del terreno de juego a su contendiente. El verde era sólo azulgrana y, a diferencia de lo que vemos últimamente en la liga española, el rival de los chicos de Pep no tenía planeado esmerarse demasiado en molestar la salida de balón del cuadro catalán. Mamadou Niang –el Vélodrome está muy, muy lejos- debió acabar desesperado.

Así, los magos –Thiago, Messi, Iniesta- se pusieron manos a la obra, descubriendo con el movimiento de la pelota las carencias de un muro no tan sólido como representaba el dibujo. A Adriano, que fue titular en el lateral, le regalaron el primer gol los defensas y el portero rivales, y la clase media del Camp Nou tomó las riendas para golear. El brasileño marcó otro más, su compatriota Maxwell hizo el cuarto, ya en la segunda parte, y entre medio, Keita tuvo tiempo para aprovecharse de un servicio medido de Messi para anotar el tercero. Aparentemente sin despeinarse, el  trámite estaba cumplido.

El Barça hizo lo que todos esperaban e incluso se permitió el lujo de regalar algunos detalles estéticos a la hinchada nipona. Pero el precio que se pagó fue demasiado alto. La lesión de David Villa, que se dañó la tibia y podría estar de 4 a 6 meses de baja es una nefasta noticia. El Barcelona pierde una de sus opciones más sólidas en ataque, y el fútbol, en general, pierde casi con toda seguridad al mejor delantero del último Mundial –con el permiso de Forlán- para la cita de este verano en Ucrania y Polonia.

Pero sin Villa y casi sin tiempo para lamentarse, al Barça ya le espera el Santos, que ha llegado con los focos puestos en la magia de Neymar, y con los ojeadores pegados a ese talento tan sudamericano que se llama Ganso. Al campeón europeo le espera el recuperado glamour del fútbol brasileño, esa potencia que crece y que busca los ojos del mundo. 

Para el Barça, la finalísima del domingo representa, como en 2009, una nueva prueba a miles de quilómetros de casa, un nuevo punto álgido para un equipo que sube el Everest cada tres meses. Como dos años antes, cuando tuvo que sudar y hasta creer en los milagros de última hora para superar a un extra motivado Estudiantes de la Plata, quiere sumar el título oficial de mejor equipo del mundo al oficioso que ya posee. De paso, puede vengar sus dos derrotas anteriores contra equipos brasileños en el torneo. En 1992, el Sao Paulo de Raí privó al Dream Team de la corona y en 2006, el Internacional de Porto Alegre alargó la maldición culé en esta competición. Brasil se le resiste.

Es la final soñada, está todo listo para el duelo América-Europa, un año después de la machada del Mazembe. El domingo se juega una Intercontinental con sabor clásico, ambiente japonés y horario estrambótico para brasileños y catalanes. Por falta de encanto, no será. 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

FIGURAS DE LA ETERNIDAD



por Carlos Martín Rio

Desde hace tres años, John Norman Haynes observa el ir y venir de la multitud en las afueras de Craven Cottage, a las orillas del río Támesis, en Londres. Vestido con su mono de trabajo –pantalón corto negro, camiseta blanca, balón reposando bajo el pie derecho- ve pasar ante sus ojos de metal a miembros de varias generaciones de la familia de hinchas del Fulham, un pequeño club marcado por los altos y los bajos que hoy, tras diez años en la cumbre, atraviesa un momento dulce. 41 años antes, Johnny había jugado su último partido con el equipo del oeste de Londres. Muchos de los que pasan por su lado con una bufanda atada al cuello, no tenían edad para verlo jugar. Otros ni siquiera habían nacido y la mayoría se volverían locos si vieran a su equipo salir al campo con una línea de cinco delanteros. A Johnny, pues, no lo recuerdan, pero ven su estatua y la reconocen. Esto es lo que se llama “eternidad”.

Como Johnny Haynes, considerado el mejor jugador de la historia cottager, son muchas las leyendas del fútbol inglés que tienen su estatua en los aledaños de un estadio. A diferencia de las figuras que erigían los antiguos romanos, los reyes absolutos o, más recientemente, los rancios regímenes totalitarios del siglo XX, las estatuas que uno se puede encontrar a las afueras de un campo son hechas por el pueblo y para el pueblo. Se levantan para rendir homenaje a personas que lo único que hicieron fue poner un toque de color, un poco  de orgullo y felicidad los fines de semana en la vida compartida de una comunidad. Ahí reside su gran valor, más allá de consideraciones artísticas que dejaremos para otro momento.

Brian Clough, para algunos el mejor entrenador de la historia del fútbol inglés –por lo menos hay cierta unanimidad en que comparte un lugar en la cima con los escoceses Shankly y Ferguson- tiene ni más ni menos que tres de estos monumentos en su honor. En Middlesborough es joven y va vestido de corto; allí marcó la friolera de 197 goles en los 213 partidos que jugó entre 1955 y 1961, antes de marcharse al Sunderland, donde, en sus tres últimos años como profesional, siguió con su impecable media. Su carrera futbolística acabó pronto, pero una todavía más brillante, la de entrenador, se abrió paso como un ciclón. Como testigos de aquel tiempo de banquillos, broncas, ataques de genialidad, frases para la posteridad y, sobretodo, trofeos, hay dos estatuas más. Una está situada en Derby, y recuerda las seis temporadas en las que dirigió, junto a su inseparable colaborador Peter Taylor, al County, consiguiendo el hito de llevar a los rams a ser campeones de la máxima categoría. En Nottingham, el hogar del Forest, curiosamente el gran rival histórico del Derby, también se le homenajea. Cloughie posa triunfador, como un Robin Hood de la era industrial. Ésa, su estatua, y sus dos Copas de Europa, lo representan.

Como Clough, otros entrenadores tienen su versión bronceada. Matt Busby, el padre de la primera generación dorada del ManUnited europeo, se muestra a la República de Manchester con un elegante traje, una mano en la cintura y un balón en la otra. Radicalmente diferente es la pose de Bill Shankly, el carismático técnico que dirigió al Liverpool en la década de los 60 y los 70, que abre los brazos en gesto victorioso tras recordar que suyo fue el mérito de devolver a los reds a la primera división, y suyas fueron cuatro ligas, dos copas y una UEFA.

Bobby Moore, leyenda del West Ham, equipo en el que estuvo 16 años -544 partidos-, y capitán de la Inglaterra campeona del mundo en 1966, es recordado a las afueras del nuevo Wembley. Este elegante jugador defensivo, posa con los brazos cruzados, imponente, como el líder que dio a Inglaterra su ansiada Copa Jules Rimet, y que subió a recogerla de manos de la reina Isabel II –no sin antes asegurarse que no iba a manchar de barro a la impecable monarca-. También en Londres, pero hacia el este, donde juegan los hammers, vuelve a aparecer un Moore de metal. Esta vez la imagen es mucho más alegre. Alzado por sus compañeros, levanta el trofeo de campeón. Son dos homenajes al único campeonato mundial que los ingleses han logrado, bajo la batuta de Alf Ramsey. El entrenador también tiene su figura, pero injustamente, tenemos que irnos lejos de Londres para encontrarla. Hay que viajar hasta Ipswich. A las afueras del estadio del Ipswich Town, equipo al que también entrenó, Sir Alfred Ramsey, bien peinado, posa con sus mejores galas y mira al horizonte.

Todos estos son ejemplos de una bella tradición. Extraña, quizás, pero alentadora. Es reconfortante que en el fútbol, entre contrato y contrato, anuncio y anuncio, haya rinconcitos para el recuerdo, sentimientos sinceros que no son impostados y que duran para la posteridad.

martes, 15 de noviembre de 2011

LA CRISIS GRIEGA



 por Carlos Martín Rio

El anfitrión se había esmerado para que aquello fuera una auténtica fiesta. Su fiesta. Él debía ser el principal protagonista. Era su gran oportunidad, décadas después de que pasara de largo su primer tren. Aunque, claro está, no se podían lanzar las campanas al vuelo. No se debía descartar para el triunfo a los que acostumbraban a destacar en aquellos eventos diseñados por y para la vieja nobleza europea del fútbol. Junto a los que copaban los focos, también habían ido llegando, por la puerta de atrás y sin hacer ruido, los invitados de relleno, los que pasarían sin pena ni gloria. Los delataban la buena fe con la que acudían y las amplias sonrisas que lucían, satisfechos por el mero hecho de aparecer por allí.

La comparsa era Grecia y el anfitrión, Portugal. En Porto, en el reluciente Estadio Do Dragao era el 12 de junio de 2004. Aquel día, la Eurocopa de 2004 echaba a andar –o a rodar si hablamos desde la perspectiva del balón- con el enfrentamiento entre los dos equipos. Grecia sorprendió a los locales y ganó por 1-2, y el continente celebró con simpatía aquel acto de irreverencia. Una mera casualidad, un clásico en los partidos inaugurales. Los nervios del debut. Cierto, el equipo de Scolari supo clasificarse con solvencia para las eliminatorias, olvidando el tropiezo inicial. Grecia, en cambio, empató el siguiente partido y perdió el último de la fase de grupos. Se clasificó gracias a un medio milagro matemático.

Luego vino lo que de verdad nadie esperaba. Angelos Charisteas, Traianos Dellas y otra vez Charisteas. Tres goles en tres partidos, y un título, otra vez derrotando a Portugal, en la final. Ya no hizo tanta gracia cuando aquel equipo tosco y que aburría a las ovejas dejó en la cuneta a Francia y a la República Checa, que encandilaba y enamoraba a los peloteros. Grecia, la cuna de la filosofía occidental, se agarró al pragmatismo más básico, a premisas sencillas pero efectivas, y dejó de lado la floritura y la excesiva argumentación. Rescató la disciplina de baúl de los valores, y cuando todo lo anterior falló, la arbitrariedad: simplemente cruzó los dedos y apretó los dientes.

“Ahora Nikopolidis va a tener trabajo para sacar a sus compañeros de debajo de la portería”, dijo un comentarista después del gol de Charisteas en la final. Así acababa aquel torneo, con el resultado de moda (1-0) y con las lágrimas de Cristiano Ronaldo y de todo Portugal. Un campeonato que había dejado buenos momentos de fútbol. El fantástico Portugal-Inglaterra de cuartos, solucionado en los penaltis después de dos goles en la prórroga. La explosión lusa con un gol de Nuno Gomes. La explosión lusa con un gol de Cristiano Ronaldo. La Chequia de Baros, Koller y compañía, que junto con Holanda dejaron en la cuneta a las primeras de cambio a Alemania.  Los dos goles de Zidane en el añadido para doblegar a Inglaterra. Cassano yendo de la alegría a la decepción en un segundo, después de darse cuenta que su gol en el minuto 94 servía para ganar a Bulgaria pero no para clasificarse, pues los hermanos nórdicos, Suecia y Dinamarca, habían decidido que era de buen gusto empatar a dos. Y, claro está, para el recuerdo queda la efectividad del balón parado griego.

No, aquel equipo no pasará a la historia por su belleza, y muchos defenderán por siempre que decir “casualidad” es la única forma razonable de explicar lo ocurrido. Y más teniendo en cuenta que el posterior rendimiento del equipo de Rehhagel fue más bien pobre. Pero aquel 4 de julio de 2004 en el que miles de griegos salieron a la calle después de la final sin saber muy bien si lo que vivían era la verdad o una broma a gran escala, el fútbol se democratizó. Feos y sin brillo, pero con tenacidad, decisión y confianza en sus posibilidades. Campeones griegos. 

martes, 23 de agosto de 2011

MUNDIAL SUB-20: CONCLUSIONES PARA MAÑANA

por Emanuel Vergara

Las copas mundiales Sub-20 siempre nos ofrecen un pantallazo preciso de lo que puede avecinarse en los inmediatos años venideros en relación al mundo del fútbol. Así, Japón se maravilló con Diego Maradona en 1979, México con Bebeto en 1983, Chile con Robert Prosinecki en 1987 y la lista puede seguir por jugadores de la talla de Figo, Rui Costa, Aimar, Riquelme, Xavi, Casillas, Saviola, Messi, Agüero y la cuenta continua. Las figuras de ayer y hoy hicieron sus primeras armas y se dieron a conocer en los mundiales de anteayer y ayer; y los de mañana lo han hecho hoy.

El Mundial de Colombia 2011 que ha concluido con el título de Brasil, el quinto en la categoría, tiene también nombres propios. Desde los campeones Henrique, Óscar o Casemiro hasta los subcampeones portugueses liderados por el portero Mika y el ariete Nelson Oliveira pasando por otras figuras destacadas como los franceses Fofana, Lacazette y Kakuta; el mexicano Enriquez u otros buenos proyectos como el argentino Erik Lamela y los nigerianos Ahmed Musa y Edafe Egbedi. Pero independientemente de las estrellas, desde MdlT queremos destacar cinco hechos que este Mundial nos ha dejado.

1) Brasil es el capo del fútbol mundial.
Por más que los argentinos se esmeren en dar la lata subidos al caballo de Maradona o Messi como más grandes que Péle o el que fuere; o que los españoles piensen que han inventado el fútbol, pese a que han demorado cien años en obtener un título mundial; o que los italianos siempre piensen que son los mejores pese a no dar dos pases seguidos –esto ha cambiado desde Prandelli-; o que los ingleses se ufanen de ser los dueños de la pelota por el sólo hecho de haber inventado las reglas; el verdadero y único gigante del mundo del fútbol es, y por mucho tiempo será, Brasil.

Con el título en Colombia, pese a las ausencias de jugadores importantes como Neymar, Lucas Moura o Lucas Piazón; la ‘canarinha’ es el más grande en lo que a fútbol se refiere. Porque a sus cinco títulos mundiales en mayores hay que agregar los cinco en Sub-20, los tres en Sub-17, además de las ocho Copas América y las tres copas del las Confederaciones. Con muchos de los que han obtenido el ‘penta’ en la categoría -Henrique y Óscar los más destacados- más los tres que estuvieron ausentes, Paulo Henrique y tres mayores; Brasil buscará el próximo año el único título que le es esquivo, el oro olímpico.

2) La potencia naciente de México.
Era increíble pensar hasta hace unos años que en un país de 112 millones de habitantes que respira fútbol y con un poderío económico que le permite tener una de las tres mejores ligas de América Latina –la que mejor paga-, los éxitos deportivos de la selección mexicana se limitaran al ámbito de la CONCACAF, donde el único rival de temer es Estados Unidos. Pero desde 2005 la historia ha empezado a cambiar para los ‘aztecas’.

Cuando en el Mundial Sub-17 de Perú 2005, la quinta de Gio Dos Santos se hizo con el título se plantó la semilla que ya arroja sus primeras flores. Hasta hace pocos años la presencia de jugadores mexicanos en Europa era una rareza. Hoy Europa disfruta de un crack ‘Clase A’ como Chicharito Hernández, pero además acompañado por varios buenos jugadores como los hermanos Dos Santos, Andrés Guardado, Pablo Barrera o Carlos Vela. El campeonato Sub-17 obtenido hace un mes como local, reafirma el buen trabajo que se está haciendo en México con el fútbol base y el tercer puesto obtenido este fin de semana en el Sub-20 de Colombia, coloca al ‘tri’ como depositario de un respeto internacional que nunca había tenido en su historia. Con la base de jugadores que ya brillan en el viejo continente más las jóvenes figuras que van surgiendo y que brillaron en el país cafetero como ‘Cubo’ Torres, Carlos Orrantia o Jorge Enriquez, la selección mexicana apunta todos sus cañones a Brasil 2014, donde espera de una vez por todas superar los octavos de final –no lo hace desde la Copa del Mundo de 1986-.

3) Argentina y el agotamiento de su granero.
Conocida como el granero del mundo, Argentina se enfrenta al fin de un paradigma, que hace rato llegó, pero del que nadie se quiso dar cuenta, hasta ahora. Los 20 años que lleva la selección mayor sin superar los cuartos de final de un Mundial y los 18 sin títulos en sus vitrinas, se edulcoraban con los éxitos en juveniles donde de la mano de José Pekerman y la brillantez de generaciones como las de Riquelme, Aimar, Saviola, Messi y Agüero convirtieron a la ‘albiceleste’ en la más laureada de la categoría gracias a las coronas de 1995, 1997, 2001, 2005 y 2007 que se sumaron a la mítica de 1979 con Maradona y Ramón Díaz.

Todo ese buen trabajo que inició Pekerman en 1994 se cortó de cuajo por la “inspiración” de Julio Grondona –presidente de la AFA- de darle cabida a la ‘Generación del 86’ –los campeones de México-. Sin un palmarés que apoyara la decisión se entró en una fase de apelación mística que lejos de acercarse a estándares de trabajo serios y a largo plazo, derivó en un estado de histeria y anarquía absoluta con preparadores inexpertos más proclives a la polémica mediática que al trabajo sazonado. No alcanzan las buenas aportaciones individuales del arquero Esteban Andrada o del extremo Erik Lamela para tapar un nuevo fracaso argentino. La contratación en la mayor del entrenador Alejandro Sabella supone un corte definitivo a ese perfil salido de tono que ha dado la AFA desde 2006. Hay que esperar si el trabajo de Sabella, como sucede en Uruguay, encontrará su correlato en los seleccionados juveniles.

4) Por fin un centrodelantero para Portugal.
Durante los últimos 20 años, Portugal ha contado con muy buenas generaciones de futbolistas que la han llevado por ejemplo a la obtención de un subcameponato europeo en 2004 y a un histórico y meritorio cuarto puesto en Alemania 2006. Sin pasar por alto el respeto ganado en base al surgimiento de futbolistas de primer nivel como han sido Fernando Couto, Paulo Sousa, Rui Costa o Luis Figo, o como lo son ahora Ricardo Carvalho, Cristiano Ronaldo, Nani o Fabio Coentrao. Sin embargo, ambas generaciones tuvieron un serio déficit: la falta de un delantero centro que finalizara las jugadas que con paciencia imprimían Figo y Rui Costa o con vértigo imprimen Ronaldo y Nani.

Desde Nuno Gomes a Hugo Almeida, pasando por Joao Pinto, Liédson o Hélder Postiga, ninguno ha conseguido hacerse indiscutido en una posición fundamental para ganar los partidos, pues si goles son amores, Portugal es una solterona. La aparición explosiva en Colombia del jugador del Benfica Nelson Oliveira –autor de cuatro goles- se vislumbra como una brisa de aire en una pesada tarde de verano. Con condiciones de crack como son potencia física, velocidad y habilidad, Oliveira es el señalado para ocupar ese puesto que en las últimas dos décadas ha carecido de dueño. Es cuestión de que logre algo de continuidad en su club para que esos magníficos atributos demostrados en Sudamérica encuentren su persistencia en el tiempo y así Ronaldo y Nani tengan a quien dar el último pase. A Brasil 2014 llegaría con 22 años, muy buena edad.

5) Europa, la cenicienta.
Muy lejos ha quedado en el tiempo el título de España en Nigeria 1999 con Iker Casillas y Xavi Hernández como estandartes. Ese campeonato fue el último de una selección europea en la categoría. Y claro, había dos ‘fuoriclasse’ como los ya nombrados. La principal razón de esto es la diferencia de madurez entre un joven sudamericano o africano en relación a los europeos. Por una cuestión de economías urgentes, los clubes americanos se ven obligados a la venta permanente y prematura de jugadores para estabilizar sus finanzas. Esto obliga a que los jugadores debuten a una muy temprana edad en sus equipos. En Sudamérica, la edad promedio para debutar son los 18 años, mientras que en Europa esa alegría suele llegar a los 21. Por ejemplo en este caso, Brasil contó con Alex Sandro, campeón de América con Santos; Casemiro, capanga del mediocampo del Sao Paulo y Óscar compañero de Leandro Damiao en la delantera del Inter de Porto Alegre. Sólo entre estos tres jugadores ya tenemos más de cien partidos en primera. La fórmula es similar con los africanos, aunque estos se van a Europa en edad de juveniles y así retrasan también su roce en el fútbol profesional. Pero el poderío físico que tienen es una ventaja incontestable. Ya en mayores, estas diferencias desaparecen y tenemos un claro dominio europeo, donde por caso en los últimos dos mundiales siete de los ocho semifinalistas fueron del viejo continente. Pero hasta alcanzar la mayoría de edad, la historia demuestra que la falta de experiencia pasa factura a los juveniles seleccionados europeos. Por eso es de gran mérito la actuación en Colombia de Portugal y Francia que alcanzaron las semis y de España que cayó por penales con Brasil en cuartos.

miércoles, 8 de junio de 2011

HOMENAJE AL 'FENÓMENO'

por Carlos Martín Rio

Hace 15 años, un ciclón originado en Brasil pasó por el Camp Nou. Fue efímero pero sus efectos devastadores todavía hoy se recuerdan. En aquella temporada en Barcelona, a donde llegó procedente el PSV Eindhoven, Ronaldo Luiz Nazario de Lima cambió para siempre el concepto de delantero centro. Una potencia inusitada y una velocidad endiablada se combinaban con una técnica exquisita y una naturalidad insultante a la hora de batir a los porteros. Ronaldo era bueno dentro del área, pero también fuera de ella. Podía regatear a cinco o seis rivales uno detrás de otro o podía simplemente disparar desde lejos y marcar. Podía encarar al portero y batirlo por bajo o deshacerse de él y resolver a placer. No era más que un adolescente, el más joven de la clase, pero a su alrededor todo parecía pequeño, casi ridículo.

Ronaldo no paró hasta que su rodilla dijo basta. Dejó el Barça un año después de aterrizar allí y tras dos buenas temporadas con el Inter y la selección brasileña, se rompió en 1999. Estuvo seis meses de baja. Y el día que volvía al fútbol volvió a recaer. El destino fue macabro y cruel con ‘El Fenómeno’. Con su carrera despedazada y su proyección truncada, se temió que Ronaldo tuviera que dejar de ser futbolista prematuramente. Y bien pudo haber sido así, pero como buen mito, el 9 renació de sus propias cenizas y se plantó en el Mundial de Corea y Japón dispuesto quitarse la espina de cuatro años antes, cuando perdió en la final contra la selección francesa.

Y vaya si lo consiguió. Tras tres años de calvario, Luis Felipe Scolari le dio la oportunidad de reivindicarse, de iniciar una nueva etapa de éxito. En aquel Mundial en el que los brasileños arrasaron, marcó ocho goles y fue clave en la semifinal, ante Turquía (1-0) y en la final, contra Alemania (2-0). Después de la pesadilla, el sueño cumplido. El tipo de cuento de hadas que sólo el deporte es capaz de explicarnos.

El nuevo Ronaldo nacido en Corea y Japón no fue el futbolista delgado que sorteaba rivales y se atrevía a arrancar desde cualquier punto del campo. Había perdido velocidad, mantenía algo de su potencia en el arranque, pero el talento para golear continuaba intacto. Así, congenió a la perfección con el Madrid de los galácticos cuando recibió la llamada de Florentino Pérez. Con Zidane, Raúl, Figo y compañía marcó más de 30 goles en sus dos primeras temporadas (2002-2004) y dejó sobradas pruebas de su capacidad. Esas dos temporadas fueron las últimas del gran Ronaldo. A partir de 2004, empezó la cuesta abajo.

Agotó sus días europeos en el Milan y luego se fue a Brasil para apurar sus últimos goles y seguir maravillando con su inagotable capacidad futbolística en el Corinthians. Con 34 años, el hipotiroidismo que sufre no le ha dejado recuperar un peso ideal para practicar el fútbol. Por eso esta temporada ha decidido colgar las botas. Ayer recibió su último homenaje como jugador en activo, disputó sus últimos minutos vestido con la camiseta canarinha, con la que ha marcado 67 goles, 15 de ellos en partidos mundialistas.

Un trocito de historia del fútbol estará siempre ligado a Ronaldo. Sabemos que es uno de los grandes porque no hay nadie como él. Así de sencillo. No formó parte de una revolución, fue una revolución en sí mismo. El día que Ronaldo pisó un campo, el fútbol moderno dio el pistoletazo de salida. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

APUNTES DE CHAMPIONS: LOS CUATRO CLÁSICOS (IV)

por Emanuel Vergara

El FC Barcelona jugará su sexta final de Champions League, entre otras cosas, porque siempre estuvo convencido de que llegaría allí. Ayer en la última parte del clásico más largo de la historia -20 días ha durado la odisea-, el Barcelona salió hacer lo suyo. Y el silogismo cuadró a la perfección “si yo tengo la pelota, el rival no la tiene, no me puede atacar, por lo tanto realizo mi defensa”. Como siempre el Barça construye o destruye desde el la posesión y si encima arranca con una victoria…Los de Pep Guardiola salieron a cuidar el resultado pero siempre bajo su sello, dejando así de que el Madrid propusiera. Pero como los de Mourinho se han sabido inferiores a los culés desde el 5-0 de noviembre pasado, la propuesta no era parte del plan, pero el Barça tampoco dejó espacio para que dispusieran y en definitiva la única situación de gol de los merengues fue la de la conquista de Marcelo. Nunca peligró el 0-2 de hace una semana. Sólo la lluvia le puso algo de emoción a un encuentro que fue el más chato de los cuatro, al punto que Guardiola pudo darse el gusto de darle unos minutos a Eric Abidal.

Si analizamos el póker clásico como si fuera un combate de box, está claro que por puntos el ganador sería el FC Barcelona. Un triunfo, una derrota y dos empates. No hubo KO, pero haber dejado afuera en semis de Champions al eterno rival, vengando el día de San Jordi de 2002; sentenciando la liga por tercer año consecutivo en el Bernabéu, y habiendo caído en la Copa del Rey dándolo todo, son demasiados méritos para que las tarjetas lo determinen ganador. Diezmado por las lesiones que ajustan el cinturón de la estrecha plantilla, los azulgranas no son el equipo brilloso de comienzo de temporada. El calendario pasa factura, pero la unión de grupo, la humildad y la solidaridad de tipos como Javier Mascherano o Carles Puyol que juegan en posiciones que no son las suyas en pos del funcionamiento colectivo engalanan aún más la propuesta azulgrana.

Mientras que el Real Madrid, el mejor equipo del mundo del Siglo XX, salvo en la primera parte de la final de la Copa del Rey en Mestalla siempre fue un equipo temeroso. La herida del 5-0 puede que haya cicatrizado pero ha dejado un trauma que ni Florentino, ni Valdano, ni Mourinho, ni los jugadores han sabido sobrellevar y que por el bien de la institución necesitan analizar a fondo, porque no sólo han perdido en el balance general sino que han quedado muy desprestigiados ante los ojos del mundo –abstenerse de leer medios madridistas o catalanes para darse cuenta-. Nadie duda de la grandeza de una institución que es la que más títulos de Liga y Champions tiene, que ha fundado escuela con Puskas, Di Stéfano, Gento, Juanito, Hugo Sánchez, Butragueño, Raúl, Zidane; pero que se ha traicionado a sí misma. Engullidos por el personaje de su entrenador los jugadores han sido sólo fichas en la pizarra que han hecho de la motivación y la entrega el único argumento válido para tutear a este Barça señorial e histórico.

RESÚMEN:
FC BARCELONA 1-1 REAL MADRID

jueves, 28 de abril de 2011

APUNTES DE CHAMPIONS: LOS CUATRO CLÁSICOS (III)

por Carlos Martín Rio

El tiempo se para en el minuto 86. A Messi le llega un balón lejos del área, casi en el centro del campo. Ante él sólo hay madridistas. Está cansado, como también lo están los defensores. Pero hace diez minutos ha marcado el primero de su equipo y ahora juega cuesta abajo. Una partida de ajedrez, un encuentro tosco, feo, casi desagradable, va a terminar con una genialidad caída del cielo. Se va de uno, de dos, de tres, con velocidad de vértigo y bate a Casillas por bajo. El argentino lo ha vuelto a hacer. Ha puesto su nombre entre los grandes de la historia y se ha vuelto a ganar un sitio en el Olimpo. De paso, ha vengado la derrota de su equipo el miércoles en la final de Copa y, lo que es más importante, ha allanado el camino de los catalanes hacia el estadio de Wembley.

Antes de que ‘La Pulga’ descorchara el cava y resolviera mágicamente el asunto en el último cuarto de hora, el partido fue algo parecido a una guerra de trincheras, de desgaste. El Madrid, como en los dos enfrentamientos precedentes, regaló el balón al Barcelona. Los de José Mourinho estaban encantados con el empate a cero. Los de Guardiola salieron a ganar, no renunciaron a su identidad, pero el miedo al error –contra los blancos, las pérdidas de balón, en cualquier zona del campo, pueden ser fatales-  los llevó a jugar muy lejos de la portería de Casillas. El Barça daba pasos hacia adelante con extrema prudencia, luego se producía un choque, las rencillas pendientes reaparecían y todo volvía a empezar. Lentitud, mucha tensión y poco fútbol. Messi perseguido por Lass y pocas opciones de gol, más allá de un par de disparos de Xavi, que ayer se encontró más liberado de lo habitual en la zona de tres cuartos, y un intento cruzado de un Villa. El Barça echó de menos a Iniesta cuando necesitaba encarar y desbordar, pero para nada hay que desdeñar la actuación de Keita, que volvió a estar impecable.

En el segundo tiempo el Madrid salió con otro ánimo. Entró Adebayor por Özil, y los madridistas esta vez sí se atrevieron a presionar. Crearon así alguna opción a balón parado, pero siguieron sin inquietar demasiado a un Valdés que, sobretodo, intervino en el juego con los pies. Fueron los mejores minutos del Madrid. Mordía y entorpecía con éxito la construcción barcelonista. De todos modos, no tardaron los blaugranas en recuperar el dominio y la iniciativa de la primera parte. Mascherano tuvo mucho que ver en el asunto. El ‘Jefecito’, que ya manda más que nadie, volvió a jugar un partido magnífico y fue clave para sacar a sus compañeros de la telaraña blanca. Su talento en el corte y, sobretodo, su criterio para iniciar desde atrás, son, hoy por hoy, valores imprescindibles.

Mientras, el partido, que seguía bloqueado, se endureció. Pepe fue expulsado por una fea entrada a Alves, y el Madrid, con diez, volvió a dar un paso hacia atrás. Luego Pedro salió magullado del campo y entró Ibrahim Afellay. La lentitud dio paso al vértigo y los acontecimientos se aceleraron. El neerlandés emergió de entre la sombra. Entre tanganas, protestas y balonazos, un rayo de luz. Encaró a Marcelo en la banda derecha, lo superó y cedió para Messi que no perdonó. El tulipán de oro justificó su fichaje en una sola acción, y ya tiene un trocito de historia culé en el bolsillo. Murió aquí el Madrid, y los genios salieron de la cueva para darse un festín.

El talento, que da sentido a este juego, desequilibró el choque de estilos. El pelotero, el artista, nos recuerda que no hay sistema que no sea imperfecto. Pues en la dialéctica futbolística, dentro y fuera del césped, no hay nada más razonable que el balón.

RESUMEN: 

jueves, 21 de abril de 2011

LOS CUATRO CLÁSICOS (II)

por Carlos Martín Rio

Este no es el mejor Real Madrid de la historia. Pero los equipos de Mourinho no necesitan de la excelencia para ser campeones. Ni siquiera para ganar un triplete. Eso se llama competitividad, es quizás la mayor de las virtudes en deporte. Los madridistas la tuvieron durante 120 minutos y se llevaron la Copa del Rey con un certero remate de cabeza de Cristiano Ronaldo en la prórroga, que aseguró así su primer título como futbolista blanco.

Sin duda, el prólogo del sábado sirvió para ver por dónde iban a ir los tiros en la final del miércoles. El partido de ayer resultó ser una versión remasterizada, con muchísimo más nivel y tensión, del encuentro de liga. Con un Madrid que triunfó porque conoce al dedillo todo lo que tiene que hacer para cortocircuitar el juego blaugrana. Y eso se notó sobretodo en la primera parte. El ‘trivote’ formado por Xabi Alonso, Pepe y Khedira, única y exclusivamente centrado en el trabajo de presión, consiguió frenar desde el principio la construcción de los de Guardiola. Xavi, Iniesta, Busquets e incluso Piqué, que asumió excesivamente el papel de iniciador, sólo veían ante sí ese muro blanco formado por unos futbolistas que mostraron un tono físico envidiable. El Madrid mordía, rugía y presionaba con ferocidad. Los futbolistas culers, literalmente, se estampaban contra los merengues.

Pero evidentemente, cuando tu juego está basado en la fortaleza atlética, vas a ir bajando el nivel de atención con el paso de los minutos. Eso es lo que les ocurrió después del descanso a los chicos de Mou. En la segunda parte, volvió el Barça que nos encandila. Messi, un ejemplo de orgullo, lo intentó de todas las maneras. Encaraba una y otra vez, buscaba la jugada imposible. Pero el doble balón de oro, esta vez, no tuvo su noche. Pedro desbordó y marcó un gol bien anulado por Undiano que los hinchas barcelonistas ya habían empezado a celebrar –¿hay algo más cruel que cortar a un celebración de gol a medias?-. Xavi combinaba con Iniesta cada vez que veía un poco de luz entre el muro. Alves, como debe ser, era más extremo que lateral. Poco a poco el campo empezó a inclinarse hacia la portería blanca.

¿Y qué decir de Mascherano? El ‘Jefecito’ cuadró una actuación sublime en una de sus contadas actuaciones como central, liberando a un Piqué que acabaría jugando de delantero. El Madrid defiende bien, sí, pero el Barça también tiene extraordinarios futbolistas de corte defensivo.

Con el 0-0 y la prórroga como amenaza en el horizonte cercano, el juego barcelonista fue encontrando más y más agujeros en el enmarañado sistema blanco. Pero ahí apareció Casillas, excelso una vez más cuando su equipo necesitó de sus servicios. El capitán salvó el trabajo que su equipo había hecho en los primeros 45 minutos con varias intervenciones de mérito. Cuando mejor estaba el Barça, cuando más merecía llevarse el título para casa, apareció para ser otra vez el salvador. Pero no fue el meta el mejor jugador del Madrid ayer. Ese título hay que dárselo a Carvalho. El central hizo un partido perfecto en el corte y la anticipación y, formando pareja con Ramos, ahogó a un Villa que, siempre encajado entre madridistas, en ningún momento pudo pisar área y encarar la portería con garantías.

Ayer vimos dos estilos muy diferenciados, vimos dos formas de entender el juego. Dos maneras de afrontar una final de alta tensión. Dos equipos que ejecutan sus artes mejor que nadie en el mundo. Uno precioso, el otro viril. Ambos letales. Vimos a los mejores del planeta en su especialidad. Vimos, en definitiva, un muy buen partido de fútbol.

El próximo miércoles, la ida de las semifinales de Champions.

martes, 19 de abril de 2011

FINALES DE COPA BARÇA-MADRID: RECUERDOS Y NÚMEROS

por Carlos Martín Rio

Ya sólo falta un día para que, después de 21 años, FC Barcelona y Real Madrid se encuentren cara a cara en una final de Copa. El decisivo partido de mañana en Valencia será la sexta ocasión en la que los dos grandes se enfrentan en el partido por el título. En los cinco precedentes, el balance es positivo para el club catalán (3-2). 

La primera vez que coincidieron los dos equipos en una final fue en Valencia, en 1936, menos de un mes antes de que estallara la guerra civil. El Real Madrid ganó por 2-1, con goles de Eugenio y Lecue, que batieron a Zamora. Por el Barça marcó Escola.

No se volvió a repetir situación hasta 1968 –cuando el campeonato se llamaba Copa del Generalísimo-. En la famosa ‘Final de las Botellas’, el Barça venció a los madridistas por 1-0 en el Santiago Bernabéu con gol en propia puerta de Zunzunegui. El nombre con el que se conoce esa final viene dado por la gran cantidad de objetos que los hinchas del Madrid tiraron al campo al término del partido.


En 1974, los blancos tuvieron su revancha y aplastaron por 4-0 a los azulgranas también en Madrid, aunque esta vez a orillas del Manzanares, en el Vicente Calderón. Santillana, Rubiñan, Aguilar y Pirri, autores de los goles, no dieron opción a los Rifé, Asensi, Reixach o De la Cruz.


Los dos conjuntos se reencontraron en la finalísima, por primera vez con la denominación de Copa del Rey, en 1983. Con Menotti en el banquillo y Maradona en la delantera, el Barça venció en un partido de gran intensidad, disputado en la Romareda, que se resolvió con un remate imposible de Marcos en el último suspiro (2-1). El gol inicial del barcelonista Víctor lo igualó Santillana para un Madrid que por aquel entonces estaba entrenado por Alfredo Di Stéfano.


Siete años después, en 1990, Barça y Madrid se volvieron a cruzar por última vez en el partido por el título. Los blaugranas se impusieron de nuevo, esta vez por 2-0, en el actual estadio de Mestalla. El gran favorito era el Real Madrid, que se había proclamado campeón de liga unos días antes –la última de la ‘Quinta del Buitre’-, pero con los merengues con diez por la expulsión de Fernando Hierro, los  goles de Amor y Julio Salinas decidieron.


Esta competición, la más antigua del fútbol español –se juega desde 1903, 26 años antes de que se iniciara el campeonato de liga-, no es precisamente la favorita del Real Madrid. Los merengues, con un palmarés en liga y Copa de Europa difícil de superar -31 ligas y 9 Champions-, ‘sólo’ han levantado la copa en 17 ocasiones. El Athletic Club, con 23 triunfos y, el FC Barcelona, con 25, le llevan todavía ventaja.

Conocido popularmente como el Rey de Copas, al Barça se le da bien la competición del KO. Mucho mejor que a los madridistas, que son los que más finales han disputado (37). Esto significa, claro está,  que son los que más veces se han quedado con la miel en los labios (20 finales perdidas). Desde que la ganó en 1993 derrotando al Zaragoza (2-0), los blancos han tenido dos oportunidades fallidas de reconquistar el título. La primera de ellas, y seguramente la más traumática, se produjo en 2002, en un episodio conocido como “El Centenariazo”. En el Santiago Bernabéu, y el 6 de marzo, el día en que el Real Madrid cumplía 100 años, el Deportivo de la Coruña dio la campanada y se llevó su segunda Copa al vencer por 1-2. Dos años después, en el Estadio Lluís Companys de Barcelona, fue el Zaragoza el que privó a los madridistas de llevarse el torneo. En un vibrante partido que se fue a la prórroga con 2-2, el argentino Galletti, con un disparo desde fuera del área, dio el título a los maños (3-2).

El Barça ganó su última copa hace dos temporadas, en Mestalla, derrotando por 4-1 al Athletic Club. Así puso fin a una sequía de 11 años si vencer en su competición favorita. Antes, a finales de los noventa, había sido campeón dos años seguidos. En 1997, en el Bernabéu y con Sir Bobby Robson en el banquillo, se impuso al Betis en la prórroga (3-2) y la temporada siguiente, en Mestalla y con Louis Van Gaal al mando, derrotó en los penaltis al Mallorca. Para encontrar la última vez que el Barça perdió una final copera, hay que retroceder un año más. En 1996, el inolvidable Atlético de Madrid del doblete venció al Barça, en el tiempo extra, con un solitario gol del superclase Milinko Pantic.

domingo, 17 de abril de 2011

LOS CUATRO CLÁSICOS (I)

por Carlos Martín Rio

El empate de ayer entre Barça y Madrid fue un planteamiento perfecto para esta historia de los cuatro clásicos en la que nos encontramos sumergidos. Conocimos las intenciones de los principales personajes, descubrimos cuál va a ser el guión a seguir y que rol ha adoptado cada conjunto.

Así pues, Mourinho no se guardó ninguna carta y sacrificó a Özil para colocar a Pepe delante de la defensa y tratar así de entorpecer la circulación de balón barcelonista. El técnico portugués, con este planteamiento tan defensivo, no trató de disputarle el dominio en el centro del campo al Barça tal y como hizo en el partido de ida en el Camp Nou –no hace falta recordar que los catalanes le metieron cinco a los madrileños en esa ocasión-.

Por el Barça, la gran sorpresa fue la inclusión de Puyol en el once inicial. El capitán –que se tuvo que retirar en la segunda para a causa de una contractura- permitió dar aire a una defensa tocada por las bajas. En el aspecto táctico, el Barça fue el de siempre. Trató de llegar combinando al área rival, y lo consiguió, pero Messi y Villa, los más peligrosos en ataque, no estuvieron acertados en el remate.

El planteamiento de Mourinho, alejado de lo que históricamente ha representado el Real Madrid, más cercano a lo que puede proponer cualquier equipo mediano o pequeño cuando juega contra el Barça, se justifica cuando Ronaldo, Di María, Marcelo, Benzema o Adebayor salen al contraataque. Así, y a balón parado, fue donde el Madrid tuvo sus mejores ocasiones de gol. Ni siquiera la justa expulsión de Albiol afectó demasiado a los merengues, puesto que en su esquema de juego, tener que prescindir de un futbolista durante el tramo final de un partido no supone un problema demasiado grande.

De todas maneras, con el 0-1, los azulgranas tuvieron contra las cuerdas a su rival. Movieron el balón con mucha más fluidez de lo que lo habían hecho antes y estuvieron a punto de sentenciar. Pero si algo tiene el Madrid de Mou, percepciones puramente futbolísticas aparte, es carácter. Supo ir apagando la ofensiva barcelonista y se lanzó al ataque hasta conseguir el empate. De todos modos, contó con la complicidad de un Barcelona que, consciente de que el empate –y mantener la renta de ocho puntos en la liga- no era tampoco un mal resultado, no persiguió la sentencia con demasiado ímpetu.

Se puede decir que el Barça fue superior. Tuvo más el balón y lo tuvo más cerca de Casillas, pero eso no significa que el empate no represente bien lo que se vio sobre el césped. Dos equipos de carácter futbolístico opuesto, casi antagónico, que juegan sus bazas lo mejor que pueden. Un buen primer capítulo para ir abriendo boca. Eso sí, la liga hoy es un poco más blaugrana que ayer.

El miércoles, la final de Copa.

jueves, 14 de abril de 2011

BARÇA-MADRID: LAS SERIES MUNDIALES

por Carlos Martín Rio

Los cuatro Barça-Madrid que vamos a vivir en sólo tres semanas son un hecho excepcional que desborda las expectativas de los aficionados. Un acontecimiento sin precedentes que quizás se vaya haciendo más habitual en los años venideros, si Barça y Madrid mantienen su aplastante superioridad en España y su competitividad en la Champions League –el Madrid la ha recuperado esta campaña al pasar por fin de octavos de final-.

El primer capítulo de estas inéditas ‘Series Mundiales’ va a ser el encuentro de liga en el Santiago Bernabéu, este mismo sábado. Desde que Guardiola es entrenador del FC Barcelona, el clásico en el campo del Madrid se ha disputado siempre en la segunda vuelta y en el momento decisivo de la temporada. Los chicos de Pep han tenido que viajar a la capital del Reino sabiendo que una derrota les complicaba, y mucho, llevarse el título de liga. El impresionante 2-6 de 2009 y el solvente y relativamente sencillo 0-2 de 2010 fueron dos golpes de efecto claves para que el alirón tuviera color azulgrana. En la presente temporada, la derrota no es excesivamente dramática para los intereses culers. Aunque la victoria significaría dejar el torneo sentenciado del todo, un triunfo madridista no cambiaría el signo del campeonato. Cinco puntos de colchón seguirían siendo una garantía de éxito.

Hablando de éxito, es remarcable la superioridad barcelonista en este tipo de partidos con Guardiola en el banquillo. En dos temporadas y media, los números son elocuentes: cinco victorias en cinco partidos, dos goles en contra y, atención, 16 goles a favor, es el aplastante resumen estadístico con el de Santpedor al mando de las operaciones en Can Barça.

Una vez superado el duelo de liga, sólo tendremos cuatro días para el descanso y la reflexión. El miércoles día 20 llega la final de Copa más esperada de los últimos años. El torneo del KO es la competición históricamente preferida por el Barça –es el equipo más laureado con 25 títulos-. No lo es tanto para el Real Madrid, que no la gana desde 1993. La última final que jugaron los catalanes fue en 2009 y se llevaron el trofeo al vencer por 4-1 al Athletic Club.  Los madrileños jugaron el partido decisivo en 2003, en Barcelona, pero el Zaragoza dio la sorpresa al vencer en la prórroga (3-2).  La última vez que los dos gigantes del fútbol español se vieron las caras en la finalísima fue, precisamente, en el actual Mestalla, el 5 de abril de 1990. Con goles de Guillermo Amor y Julio Salinas, los barcelonistas se llevaron el título (2-0).

La Copa ya tendrá dueño y la liga seguramente también, pero la temporada no se habrá acabado ni mucho menos cuando llegué el tercer clásico de este abril de locura. Le toca el turno a la Liga de Campeones. En menos de una semana, primero en el Bernabéu y luego en el Camp Nou, los eternos rivales, ya íntimos enemigos, vuelven a chocar para disputarse el pase a la final de Wembley. Si en el partido de este próximo sábado, el de liga, los madridistas querrán vengar el 5-0 del partido de ida, en la Champions los culers se pondrán nostálgicos y querrán quitarse la espina de la semifinal europea de 2002. Por aquel entonces el Madrid ‘galáctico’ se encontró en su camino hacia la novena con un Barcelona muy batallador pero tremendamente limitado. La superioridad blanca fue clara. Zidane y McManaman profanaron el Camp Nou el dia de Sant Jordi en la ida. Aquel 0-2, combinado con el 1-1 de la vuelta en Madrid, permitió a los merengues clasificarse para la final de Glasgow, donde vencieron por 2-1 al Bayer Leverkusen.

Barça y Madrid, dos enemigos irreconciliables, una rivalidad centenaria que sobrepasa lo estrictamente deportivo y que se encuentra instalada en el corazón de dos aficiones que ansían, por encima de todo, superar a su gran rival. Relájense, tómenselo con calma y que empiece el espectáculo. 

martes, 29 de marzo de 2011

VILLA: EL GOL


por Carlos Martín Rio

David Villa. Delantero por excelencia. Veloz, inteligente, de buen disparo, con el instinto necesario para estar en lugar indicado en el momento preciso. Sabe rematar las jugadas, pero también sabe iniciarlas, es incisivo, insistente, tiene espíritu, siempre aparece. Dolor de cabeza para defensas y porteros. Sonrisa humilde y pelo engominado. Fidelidad desde el punto de penalti. Es insaciable pero entiende lo que le pide el equipo, sabe devolverla al primer toque, sabe jugar pegado a la banda, sabe recibir de espaldas, sabe controlar en velocidad, sabe frenarse, sabe volver a arrancar. Regatea sin excesos, pero huye de la ortodoxia. Tiene la sangre caliente y la cabeza fría. Sabe trabajar y ser útil cuando su equipo no tiene el balón. Cuando sí lo tiene, es un depredador. Nuestros ojos no nos engañan, pero además los números hablan.

Este fin de semana, con dos goles ante la República Checa, David Villa se convirtió en el máximo goleador de la historia de la selección española con 46 goles en 72 partidos disputados. Adelantaba así a Raúl González, que paró su contador –todo hace indicar que definitivamente- en las 44 dianas. Pese a la magnitud de la noticia –pasarán muchos años hasta que alguien supere a Villa vistiendo la zamarra roja-, el nuevo registro no ha causado demasiado impacto. El récord iba a caer por su propio peso, hace muchos meses que se veía venir. Nadie espera que el asturiano deje súbitamente de marcar goles. No mientras ponga sus pies encima de un terreno de juego. Sea en Granada, en Liechtenstein, en Barcelona, en Valencia, Gijón o Bloemfontein. Su regularidad a lo largo de los años es lo que mejor describe al Guaje.

En sus dos primeras temporadas con el Zaragoza en Primera División, su media de goles fue de 19 –una cifra nada desdeñable en un equipo que compite entre los modestos de la liga-. Cuando recaló en un grande como el Valencia, sus números crecieron mientras él evolucionaba como futbolista. En cinco temporadas con los valencianistas, marcó más de 34 tantos por campaña. Y con el Barça, en su curso de debut, ya lleva 25. Es el hombre gol allí donde ha estado, un mito de las áreas que esta temporada se encuentra inmerso en el gran reto de su carrera, en el Camp Nou.   

El delantero asturiano fue el máximo goleador de la Euro en 2008 (4 goles) y del Mundial 2010 (5). Su intervención ha sido imprescindible para que la incapacidad histórica de España en los torneos de relumbrón –otros hablarían de gafe, claro- se haya acabado. Aunque lo de Villa va mucho más allá. Pese a que lo más importante es brillar en las grandes citas, la magnitud del siete blaugrana hay que irla a buscar a otros escenarios más discretos. En la oscuridad de los generalmente poco memorables partidos de clasificación, esos de los que poca gente se acuerda dos días después de haberse jugado, su regularidad de cara a gol ha sido tremenda.

Precisamente debutó en uno de esos duelos condenados al olvido, en 2005, ante San Marino. En esta clase de enfrentamientos es donde se ha forjado su leyenda. Ha anotado 18 goles en 26 partidos, una media de más de uno y medio por encuentro. Nunca falla, ahí reside su grandeza. Sus guarismos se completan gracias a los 13 que ha marcado en 26 amistosos y con las dianas conseguidas en los dos últimos fracasos del combinado español: marcó tres goles en cinco partidos en la Confederaciones de 2009 y tres más en cuatro encuentros en el Mundial de Alemania en 2006. 

sábado, 19 de marzo de 2011

DERBI MADRILEÑO: WHISKY Y ESTADÍSTICA


por Emanuel Vergara

Si hay algo que caracteriza a un clásico es que se trata de un partido aparte. No importa el estado de forma de uno u otro equipo, pues un equipo que viene mal y desmotivado en este partido sabe que tiene la oportunidad de desquitarse, es como el whisky del que tiene el corazón roto.

Cuando esta noche el balón ruede sobre el Vicente Calderón, los aficionados colchoneros querrán embriagarse de una victoria que les es esquiva desde hace más de once años. Los hinchas del Aleti piden el triunfo como los alcohólicos en fase inicial de recuperación piden una copita más jurando que será la última.
Muchas son las penas que pretende ahogar el equipo de Sánchez Flores ante su enemigo íntimo, el Real Madrid. Desde su irregular andar en Liga, donde pena por mantenerse o ingresar en puestos europeos, hasta la eliminación ante los de Mourinho en Copa del Rey, ni hablar del papelón en Europa League.

Mientras tanto, el Madrid viene con un envión anímico importantísimo tras romper siete años de maleficio en Champions League. Con el pasaje a cuartos y la idea de una hipotética semifinal ante el FC Barcelona, los merengues no deben distraerse si pretenden continuar con vida en Liga, pues los colchoneros están como los zombies en Halloween.

Desde el factor humano, el partido está abierto con incertidumbre en el resultado. Pero desde la fría estadística, que nos encanta, la balanza se inclina para los de blanco.

Desde 1929 a la fecha se han disputado, en todas las competencias, un total de 163 clásicos madrileños. Con un saldo altamente favorable para los de Chamartín que cuentan 89 victorias por 39 derrotas y 35 empates.
Incluso el dominio del Real Madrid se da en tierra hostil, allí, a la orilla del Manzanares. En el Vicente Calderón, el club presidido por Florentino Pérez ha ganado 34 encuentros de 80 posibles, con 21 empates y 25 triunfos de los locales.

Pero sin en algún momento se dudó de esta paternidad, la última década se ha encargado de ponerles el periódico delante a los desinformados. Desde el 30 de octubre de 1999, temporada en la que Atlético Madrid bajó a Segunda, que los colchonero no festejan en el derbi. Aquella lejana victoria en el Bernabéu (1-3) llevó la firma por duplicado de Jimmy Floyd Hasselbaink y José Mari.

Para encontrar la última alegría en el Calderón hay que remontar unos seis meses más, hasta el 12 de junio del 99. El resultado también fue 3-1 y los goleadores fueron José Mari, Lardín y Juninho.

Desde entonces hasta ahora han pasado 20 partidos, de los cuales el Real Madrid se ha impuesto en 14, los últimos 5 de forma consecutiva, y se han producido 6 igualdades. Es que ya hay que remontarse en el tiempo para saber, incluso, cuándo fue la última vez que los rojiblancos sumaron puntos en este encuentro. Y el calendario nos lleva al 7 de marzo de 2009 (1-1 en el Santiago Bernabéu, goles de Huntelaar y el Kun Agüero).

Pese a todas estas pálidas, nadie podrá quitar el hecho de que el Atlético ganó el encuentro más importante entre ambos equipos. Fue la final de la Copa del Rey de 1992, disputada ni más ni menos que en el Santiago Bernabéu. Allí un tiro libre impresionante de Bernd Schuster y una definición del gran Futre desataron la locura de la afición.

Por el otro lado la jactancia corre por haber ganado la única eliminatoria entre ambos por competiciones internacionales. Fue en la semifinal de la Copa de Europa de 1959. Allí los merengues se impusieron en el tercer encuentro tras ganar en la ida 2-1, perder en la vuelta 0-1 y abrochar el desempate con goles de próceres como Alfredo Di Stéfano Y Ferenc Puskas (2-1). Luego, el Madrid superaría en la final al Stade de Reims y alzaría su cuarta ‘orejona’.

Números, historias, tendencias, hazañas todos son condimentos que hacen más grande e interminable le espera del clásico. Una vez que el balón ruede se desmoronarán teorías, estadísticas y, salvo un empate se desmoronará -al menos durante un semana-, el ánimo de la mitad de la capital.

FINAL COPA DEL REY 1992: REAL MADRID 0-2 ATLETICO MADRID (SCHUSTER Y FUTRE)

ÚLTIMA VICTORIA DE ATLETICO MADRID: 1-3 EN EL BERNABEU

REAL MADRID 5-0 ATLETICO MADRID (1983), MAYOR GOLEADA DE LOS MERENGUES SOBRE LOS ROJIBLANCOS

viernes, 11 de marzo de 2011

EL JEFECITO


por Emanuel Vergara

‘Que es leñero’, ‘que lo expulsan demasiado, ‘que no encaja en el sistema de juego de Pep Guardiola’, ‘que tiene los pies cuadrados’. Todos estos eran argumentos que se escuchaban por las calles, los medios de comunicación y los foros de internet en Barcelona cuando agosto se moría.
La alusión era clara. Los dardos apuntaban al nuevo fichaje del FC Barcelona, el argentino Javier Mascherano. El segundo fichaje de la ‘Era Rosell’ y el más caro: 22 millones de euros. Cuando todavía dolía en la ciudad condal la salida de Yaya Touré (32 millones al Man City), la sangría económica para la compra de un suplente no terminaba de cuadrar.
Aún más cuando el canterano Oriol Romeu, de gran Europeo Sub-19, asomaba como un ‘nuevo Busquets’, sin desestimar las alternativas para el puesto que podían suponer desde Gerard Piqué al canterano Andreu Fontás.
Y, para más, el estreno como titular del argentino fue en la segunda jornada de Liga en el Camp Nou ante el recién ascendido Hércules. Mascherano estuvo a tono con el equipo, mal, y el Barça cayó por 0-2 para sorpresa de todos. Los escépticos se relamían con el ‘yo te lo he dicho’.
El mismo jugador reconocía en sus apariciones en rueda de prensa que tenía que adquirir algunos conceptos a los que no estaba acostumbrado. Pero ante las críticas el ex Liverpool se mostraba indiferente y hacía mutis por el foro.
El tiempo comenzó a pasar a la velocidad a la que el equipo de Guardiola despachaba rivales y cosechaba elogios a nivel mundial. Ahí, sin que nadie se diera cuenta, ‘El Jefecito’ empezó a sumar minutos en el verde césped, sin que los ojos se posaran en él.
Y cuándo quisimos acordarnos de él, ya habían transcurrido 3/4 de temporada y Masche había acumulado un total de 30 partidos (de 45 del Barça esta temporada) y había cambiado los murmullos por aplausos.
Y no sólo eso,  desprejuició a los prejuiciosos, tapó bocas y desmintió falsas profecías. Y todo con un solo argumento: fútbol. Es que nunca se puede subestimar a un jugador que es el capitán de una de las cinco selecciones más grandes del mundo, que con 26 años ha jugado dos mundiales, que lleva la cinta que llevó Maradona y que es el único futbolista de la historia que debutó antes en la selección que en su club.
Esto sucedió el 16 de julio de 2003, cuando el entonces seleccionador argentino Marcelo Bielsa le dio la titularidad en un encuentro amistoso disputado en la ciudad de La Plata ante Uruguay (2-2). Fue Manuel Pellegrini quien lo estrenó veinte días después con la elástica de River Plate, el 3 de agosto ante Nueva Chicago.
Y, aquí, otro mito de falsos profetas que se cae o que seguramente nunca habían visto jugar al ‘Jefecito’: que tiene los pies cuadrado. Este santafecino realizó todas sus juveniles en el Club Atlético River Plate, institución junto a Independiente de Avellaneda, asociada históricamente con el buen trato de balón. Club por el que han pasado desde Di Stéfano a Francescoli, pasando por Ortega, Gallardo, Aimar y Saviola.
Javier Mascherano demostró en la vuelta de los octavos de final de la Champions League ante el Arsenal que está curtido de batallas y que le sobran quilates, sacrificio y buen pie para estar en el mejor equipo de la historia. Su cruce providencial en el minuto 87 de partido ante Niklas Bendtner, cuando este se iba derecho al gol, terminó por echar tierra a toda crítica y duda sobre su validez.
Pero por si quedaban más dudas, días atrás había sido titular en Liga frente a Zaragoza. En ese encuentro que ganaron los culés por 1-0, el equipo tuvo la posesión de balón más alte de todo el ciclo Guardiola (más del 80%) siendo Masche titular.
Pero no hay que ser reduccionistas y centrarse en esos dos datos para sostener esta argumentación. Los que siguen al Barça saben de que les hablo: inteligencia táctica, velocidad en los cruces, marca pegajosa, pierna fuerte (pero leal, sólo ha recibido 4 amonestaciones como blaugrana), precisión en largo.
Pero ante todo una virtud sin la cual no podría encajar en este estilo Barça: modestia. ‘Mi meta es no tratar de desentonar en este equipo de grandes jugadores’, dijo el 14 luego de su noche consagratoria.
No se trata de generar dudas acerca de si el titular debe ser Busquets o el argentino. Está claro que ‘Busi’ se ha ganado el puesto del cuál será dueño durante los próximos diez años. Simplemente se trata de destacar la clase de un jugador como Mascherano que fue subestimado a niveles irrespetuosos.
El que sale ganando en todo esto es el FC Barcelona que tiene la suerte de contar con dos de los tres mejores mediocentro del mundo en su plantilla. Escépticos eran los de antes ¡Visca Mascherano!
GOL DE MASCHERANO EN RIVER QUE DEMUESTRA SUS VIRTUDES CON EL BALON
EL MOMENTO EXACTO EN EL QUE MASCHERANO DEBE DEJAR DE SER DISCUTIDO

martes, 30 de noviembre de 2010

CANTANDO BAJO LA LLUVIA



El fútbol fue ayer otra vez en el Camp Nou una expresión artística. Ante cientos de millones de personas, y en una ocasión tan excepcional como El Clásico, el FC Barcelona de Pep Guardiola, que ha conseguido elevar la filosofía Barça a su máxima expresión, volvió a maravillar. Cuando la fantasía es eficiente, cuando la voluntad y las ganas de un grupo de futbolistas irrepetible va ligada a la calidad técnica, cuando los valores inherentes de un club legendario tienen a un maestro, a un sabio, como representante en el banquillo, todo parece estar condenado a salir a la perfección. Cuando la provocación es una excusa para que la inspiración haga de las suyas, cuando se calla entre bambalinas y se habla sobre el escenario, cuando sobre el césped se hace justícia.

Ayer Xavi se ganó el balón de oro por enésima vez esta temporada; ayer el Camp Nou cantaba y bailaba bajo la lluvia y el Real Madrid era un muñeco de trapo con poco más que ofrecer que voluntad. Porque el gran valor de esta victoria, la gran diferencia en relación al también contundente 2 a 6 de hace dos temporadas, es que los futbolistas blancos salieron ayer al campo con orgullo y persiguieron el balón durante 90 minutos. Hicieron el intento de competir. Luego, exhaustos, se dejaron llevar por la desesperación y perdieron los papeles en pequeños altercados que, paradójicamente, eran los únicos momentos en que los de Mourinho podían descansar. El técnico portugués, acostumbrado -por méritos propios- a la gloria, se encuentra probablemente ante el reto más complicado de toda su carrera. En un club que ha gastado tanto dinero, la presión y la urgencia por vencer es enorme. El otro protagonista blanco ayer, Cristiano Ronaldo, hará bien de ahora en adelante en no jugar tan pendiente de las cámaras y más del balón. Si los jugadores barcelonistas se saben su papel y lo interpretan a la perfección, Ronaldo es uno de esos actores que creen tanto en sus posibilidades que sobreactúan constantemente. En los partidos importantes -en Manchester, en Madrid y con la elástica portuguesa-, Cristiano se diluye en su propia miseria. Una realidad que, con el paso de las temporadas y para desesperación de sus aficionados, se acentúa más y más. El "gran" duelo con Leo Messi resultó ser una milonga, un combate desequilibrado que el argentino tardó pocos minutos en vencer. El mejor futbolista del planeta, que luce cada semana ante millones de personas, es la expresión de la felicidad. En estos tiempos que corren, eso es sin duda una buena notícia.

Y hay liga, claro que la hay, el 5-0 no cambia demasiadas cosas en lo competitivo, más allá de que el Barça ahora es líder. Pero algo nunca más volverá a ser lo mismo en lo anímico. Despreciar a una entidad como el Barça, a un equipo como el de Guardiola, a la Masia, a cada una de las 100.000 gargantas que gritaban ayer en el Estadi, es muy peligroso. Y más si representas al eterno rival. Todo el peso de la historia puede caer sobre ti, toda la grandeza de un modelo de juego precioso, rápido, nunca visto, el del mejor equipo de fútbol de todos los tiempos.